Encontrar mi espacio, un local antiguo en el barrio de Sarriá con un pequeño patio y un enorme helecho, un suelo que refleja el arte de otros que pasaron por ahí, unos porticones mal pintados y una enorme glicina centenaria, condicionó mi vida profesional. Hace ya algunos años que ese local cambio el rumbo de mi vida e hizo aflorar mi esencia.

Ese lugar me acercó al mundo de la decoración, a la pintura, al arte, a la fotografía, al interiorismo, a la creatividad. Ese espacio de trabajo es el que me inspiró y el que me llevó a juguetear con los muebles, a conocer a los brocanters de la provenza francesa, a preparar estilismos de decoración y gastronómicos, a colaborar en catálogos y publicidad, a entrar en el mundo de la decoración infantil, a contactar con otras personas entusiastas de la artesanía, a entablar lazos con ese mundo infinito del arte y que tiene tantas vertientes.

Ese espacio me enseñó ¡a ver! y a dejar en cada proyecto algo de mi alma. Y esos pocos metros cuadrados se transformaron pasados quince años, en un local de altos techos, con una robusta cercha protectora, que me vigila. Un local “industrial”, que conseguí desnudarlo para poder admirar cada mañana su precioso esqueleto, y poder disfrutar de esa luz envolvente que me regalan cada día sus claraboyas. Y es ahí donde mi inspiro, donde creo, donde pienso, donde me relajo, donde soy yo. Unos pocos metros cuadrados cambiaron mi rumbo, mi vida y me dieron la oportunidad de conocer a personas y profesionales, entrañables para mí.